viernes, 2 de octubre de 2009

PERSPECTIVAS CRÍTICAS DE LAS CIENCIAS SOCIALES EN EL CONTEXTO DE LA GLOBALIZACIÓN


Por Ricardo Etchegaray

Nuestra mesa lleva por título “Perspectivas críticas de las ciencias sociales en el contexto de la globalización”. Sin duda que es un tema muy interesante y atractivo, además de tener el doble mérito de acertar en las cuestiones centrales que están en debate en las ciencias sociales y no ser tan específico y delimitado como para no dar que pensar. Agradezco que se convoque a quienes provenimos de la filosofía para hablar sobre estos temas, sobre todo porque no creo que la filosofía sea una ciencia social, ni tan siquiera una ciencia en el significado generalizado que tiene el término. Para mí eso es un signo de la benevolencia de quienes trabajan en el campo de las ciencias sociales y una admirable muestra de confianza en los “extraños”. Se supone que la filosofía se identifica con la crítica (incluso para algunos lo único que saben hacer los filósofos es criticar a todo el mundo) y se supone también que la filosofía siempre se ha ocupado de la totalidad y su fundamento. Y tienen razón, porque la filosofía no ha hecho otra cosa durante 2700 años. Este hecho nos está indicando que los problemas contenidos en la propuesta de nuestra mesa llevan su tiempo… Sin embargo, no disponemos más que de unos minutos. Así que trataré de limitar mi presentación a unas breves reflexiones.
Los seres humanos vivimos hoy, a comienzos del siglo XXI, en un mundo estallado, roto, fragmentado, dislocado. Vivimos en un mundo que ya no puede constituirse como tal, en tanto el significado del concepto “mundo” implica una “totalización de sentido”, una única realidad en la que las cosas, los hombres y Dios o los dioses se relacionan, vinculan y articulan entre sí formando las partes o los momentos de una totalidad que los engloba, los comprende, les confiere identidad y sentido. Vivimos en una época paradójica, ya que al mismo tiempo que se produce una tendencia a la “globalización”, a la planetarización de un modo de vida propiciado por el mercado y por la ciencia y la técnica modernas, sentimos, percibimos y experimentamos (lo que podríamos llamar) una incertidumbre ante la totalidad o una perpleplejidad ante lo complejo. Los hombres de hoy sabemos que los saberes de las ciencias y los instrumentos de las técnicas han permitido a la civilización occidental desarrollar un poder incomparable con el de cualquier época anterior, que permite dominar, controlar y utilizar las energías naturales para que sirvan a los fines humanos. El vapor, el petróleo, la electricidad, la energía atómica se someten a las necesidades de los hombres y se doblegan a sus imposiciones. Sabemos cómo operar y las máquinas que hemos inventado lo hacen eficientemente. Inclusive, estamos en condiciones de suplir el esfuerzo del trabajo humano por “sistemas expertos” y robots más eficientes, más productivos, más económicos, incluso más limpios y obedientes. Sin embargo, la contracara de estos éxitos, que nos ponen en una situación histórica absolutamente novedosa e inédita, es que ya no sabemos cómo pensar la totalidad ni qué hacer ante la complejidad. Pareciera que la civilización occidental ha generado y desatado un poder inédito que ha desbordado completamente nuestra capacidad de control y cuyos efectos son inversamente proporcionales a los esfuerzos que se realizan para controlarlo.
La propuesta para esta mesa es pensar las “perspectivas críticas de las ciencias sociales en el contexto de la globalización”. ¿Qué significa esto?
Una “perspectiva” es un punto de vista y hablar de “perspectivas” (en plural) es dar por sentado que hay muchos puntos de vista respecto de esta cuestión. De todas las perspectivas posibles, a los organizadores les interesa exclusivamente las “perspectivas críticas”. Desde el siglo del Iluminismo, las perspectivas críticas se han opuesto a las posiciones dogmáticas. Si bien “dogmático” significa etimológicamente “un principio fundamental”, a partir del siglo XVIII se lo ha entendido como “no crítico”, es decir, como la postura que no pone a prueba sus propios fundamentos. “Perspectivas críticas” sería entonces “puntos de vista no dogmáticos”, “puntos de vista que se han puesto a prueba”. Pero ¿a qué se refiere “perspectivas críticas de las ciencias sociales”? ¿Son las ciencias sociales o ciertas ciencias sociales las que ejercen la crítica o son las perspectivas las que ejercen la crítica sobre las ciencias sociales? En el primer caso: ¿cuáles ciencias sociales son las encargadas de ejercer la crítica? y ¿por qué ellas? En el segundo caso: ¿Qué perspectivas o quiénes? Y además: ¿qué les da derecho a ejercer tales críticas?
Dejando de lado estas cuestiones, persiste otro problema: ¿Qué significa crítica?
En la significación del diccionario, los términos “crítica”, “crisis” y “criterio” provienen de una significación compartida. Crítica sería el análisis o estudio para emitir un juicio y tomar una decisión. Criterio es el razonamiento adecuado. La crisis o posible “separación” o “rompimiento” es un punto crucial o decisivo. Separar para analizar está en la idea griega de “crisis”.
En filosofía, “crítica” hace referencia al establecimiento de las condiciones de posibilidad y de los límites de algo. Por ejemplo: en la Crítica de la razón pura de Kant se trata de establecer las condiciones de posibilidad y los límites del conocimiento humano. En la ciencia política, crisis hace referencia al momento en que las instituciones establecidas no pueden dar respuesta a los conflictos o a las luchas que se han desencadenado. Y el epistemólogo e historiador de las ciencias Thomas Kuhn traslada el concepto desde la historia política institucional a la historia de la ciencia. Para Kuhn, la “crisis” en la ciencia es el momento en que las anomalías se multiplican o se tornan más acuciantes y la comunidad científica comienza a no tener respuestas desde los supuestos aceptados.
¿Estamos en crisis? ¿Qué crisis? ¿Quiénes? ¿Se trata de responder desde las ciencias sociales al mundo en crisis? ¿O se trata de responder desde el mundo a la crisis de las ciencias (sociales)? ¿Qué significa “en el contexto de la globalización”? ¿Qué hay de la crisis global? Ha pasado más de un año del derrumbe financiero norteamericano y, aunque algunos dicen que los indicadores volvieron a la “normalidad” previa, los síntomas no debieran confundirse con las causas.
Quisiera sostener la tesis de que las ciencias no están preparadas para la crisis. Las ciencias duras menos que las blandas. Las ciencias naturales o naturalizadas menos que las sociales o históricas. Las ciencias en general menos que las artes. Las epistemologías que ponen el acento en la justificación menos que las que ponen el acento en el descubrimiento y en la historia.
Las ciencias sociales y la filosofía siempre han surgido como respuesta a una crisis: Sócrates, Platón y Tucídides responden a la crisis de las guerras del Peloponeso, Maquiavelo y Tomás Moro a la crisis del Renacimiento, Hobbes y Locke a las guerras religiosas del siglo XVII, Adam Smith a la crisis del colonialismo político-militar. Sin embargo, excepción hecha de Sócrates y Maquiavelo, se responde a la crisis de un paradigma con la construcción de otro paradigma. Porque esto es inherente a la ciencia: busca enfrentar lo desconocido sobre la base de lo que ya conocemos. De allí que las artes estén mejor capacitadas para actuar en las crisis. No es casual que Sócrates o Maquiavelo tiendan a pensar desde los modelos de las artes: arte mayéutica, artes retóricas y dialécticas, artes de la política y de la guerra.
En realidad se trata de algo simple: cuanto más se pone el acento en lo permanente, en lo estable, en lo invariante, en lo rígido, en la estructura o en el sistema, menos capaces somos de comprender lo efímero, lo inestable, lo variable, lo flexible o lo desestructurado; es decir, menos capaces de comprender la crisis.
Vivimos en un mundo globalizado. Globalizado significa interconectado. Lo que ocurre en cualquier lugar del globo nos afecta en sus efectos. Todos recordamos el “efecto tequila”, el “efecto caipirinha” y otros efectos desestabilizadores que nos han mareado y nos han hecho perder el equilibrio. Globalizado significa también “complejo”. Nuestra ciencia tiene predilección por lo simple y no sabe cómo pensar lo complejo. Finalmente, no hay que olvidar, que lo que nos interconecta globalmente en un mundo complejo mucho antes que la Internet, es el capitalismo. Como reiteradamente ha señalado Aldo Ferrer, la globalización no es la producida en el siglo XX, sino la de la expansión de Europa hacia América, África y Asia en los comienzos de la era moderna “capitalista”. Una expansión que se ha realizado durante los últimos cinco siglos. Una expansión en lo político-militar, en lo religioso, en lo cultural, pero sobre todo y fundamentalmente, en lo económico. Desde esta perspectiva la base permanente de la globalización ha sido un sistema en el que la libertad está indisolublemente unida a la propiedad. Es este sistema globalizado el que está en crisis y la incapacidad para pensar y comprender la crisis se manifiesta con mayor fuerza en los intentos de comprender la crisis del capitalismo. El filósofo esloveno Slavoj Žižek ha dicho que incluso nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Para reflexionar sobre la crisis global propongo tomar un ejemplo de las artes, más precisamente de las artes cinematográficas: la película Titanic. El relato se sitúa a principios del siglo XX, tomando como base un hecho histórico real: el primer y último viaje de la embarcación más grande y lujosa construida hasta entonces, en la que se plasman los resultados de la ciencia y la técnica modernas europeas. El Titanic (que podríamos traducir por “titánico”, es decir, obra de “Titanes”) es el símbolo de la Europa moderna, de la razón, de la ciencia, de la técnica, del progreso (es decir, de la revolución industrial), pero también, de la revolución política, cimentada sobre la libertad y la propiedad. En su viaje inaugural, el Titanic choca contra un iceberg y se hunde. Este es el contexto de la película. La trama dibuja coloridamente las pasiones en juego, alrededor del hilo conductor de una historia de amor (un amor que, no podría ser de otra manera, trasciende los prejuicios, las costumbres establecidas, las leyes y ¡hasta los intereses económicos!). Los “críticos” cinematográficos han puesto el acento sobre la historia de amor. Se podría decir que en eso tienen toda la razón pues también el libretista y el director hacen foco en esa relación que atraviesa toda la película y que permite trascender y superar lo catastrófico y terrible del contexto: la muerte de miles de personas, la pérdida de obras de arte y de valores irrecuperables.
Lamento desviar la atención de aquellos de uds. que ya hayan preparado sus pañuelos para revivir la emoción del amor triunfante, pero les propongo interpretar el mensaje desde una perspectiva que, curiosamente, suele escapar a aquellos que deberían buscarla en cada realización cinematográfica. Me refiero, claro está, a los críticos y a la crítica. Les propongo que leamos la película como un esfuerzo imaginativo para pensar las respuestas a la crisis, que es precisamente esta situación en la que el mundo se viene abajo: el mundo es el capitalismo simbolizado por la titánica embarcación que zozobra como consecuencia de un gran agujero que no puede tapar. ¿Cuál es la abertura que inunda irremediablemente al capitalismo? (El agujero o la abertura son imágenes muy interesantes para pensar. En su hermoso libro sobre los mitos de los griegos, J. P. Vernant escribe: “¿Qué había cuando aún no existía cosa alguna, cuando no había nada? A esta pregunta los griegos respondieron por medio de relatos y mitos. En el comienzo, lo que existía en primer término era la Abertura; los griegos la llamaban Caos. ¿Qué es la Abertura? Es un vacío, un vacío negro en el que nada se puede distinguir. Espacio de caída, de vértigo y desconcierto, sin límites, insondable. Abarcador como una inmensa boca que todo lo engulle en una misma noche indistinta. Pues bien, en el principio no hay sino esta Abertura, este abismo ciego, nocturno, ilimitado” .)
Si bien para los griegos la Abertura es originaria, en el film el agujero es abierto por un iceberg que simboliza la fuerza de la naturaleza o la exterioridad absoluta o (en términos de Lacan) la emergencia de lo Real. Las fuerzas que están más allá del control humano, incluso más allá de lo comprensible y simbolizable (justamente a esto los griegos llaman Caos). El iceberg encarna la Abertura amenazante, el Caos que elude el control, el Afuera que se opone al sistema estable. No obstante, también puede pensarse que esa fuerza es la contrapartida de la desmesura humana: algunos creían que la nave no podía hundirse (de lo cual se sigue que los botes salvavidas están de más), el constructor creía haber previsto toda contingencia, el capitán creía poder anticiparse a los posibles peligros, incluso uno de los marineros que está vigilando dice poder “oler” el hielo y anticiparse al peligro. Adorno y Horkheimer en su Dialéctica del Iluminismo, han advertido que el modelo de la razón ilustrada lleva implícita la recaída en el mito y la irracionalidad: el intento de controlarlo todo termina en el descontrol y en la ruptura (o sea, en la “crisis”). Dicho de otro modo: el racionalismo lleva implícita la irracionalidad y el capitalismo lleva implícita la crisis.
Para la mitología griega, los Titanes son libertadores de la opresión, y en este sentido tienen una connotación positiva, al igual que el Titanic que representa una victoria contra las fuerzas opresivas de la naturaleza y del caos. Los titanes (con Cronos a la cabeza) consiguieron liberar a su madre Gea (la Tierra) del dominio inmovilizante de su padre Uranos (el Cielo) mediante la castración. Análogamente la ciencia y la técnica han permitido a los europeos modernos liberarse del dominio de las fuerzas de la naturaleza, utilizando el mismo recurso.
La Abertura como amenaza también puede ser interpretada, a la manera de Laclau y Mouffe, como falla estructural, como antagonismo. Para estos autores, un sistema social que pueda satisfacer las diversas demandas humanas es imposible, ya que todas las sociedades modernas contienen fuerzas antagónicas insuprimibles que las dislocan y las desestabilizan. Rancière va más lejos aún y sostiene que desde el surgimiento del demos griego y la constitución de la política, el principio democrático de igualdad (la igualdad de cualquiera con cualquiera) subvierte y desestabiliza toda estructura social y todo régimen político. La película muestra muchas imágenes de la operatoria de este principio de igualación: dos obreros sin dinero para comprar su pasaje a América ganan sus boletos en un partido de naipes, los obreros que están relegados a los niveles inferiores de la nave pasan a la cubierta de primera clase, una “nueva rica” norteamericana se hace invitar a tomar el té con las aristocráticas damas británicas. Las igualaciones no se dan sólo “hacia arriba” sino también “hacia abajo”: la hija rebelde de la aristocrática viuda visita las cubiertas donde viajan los obreros, baila y canta con el populacho.
Esta movilidad social no deja de verse como una amenaza a la libertad, la identidad o los privilegios de cada uno de los sujetos sociales. Es decir, el iceberg, como amenaza externa, no es más que la proyección de la amenaza más real, la interna. De allí que muchos de los personajes parecen estar siempre más preocupados por esta última que por el inminente hundimiento del barco.
Pero estos análisis son ilustraciones de lo que ya han hecho las ciencias sin dar lugar al problema de la comprensión de la crisis. En Titanic la crisis surge del choque con el iceberg que rompe el fondo de la embarcación, es decir, la deja sin fondo, sin fundamento, y la sumerge en el abismo.
¿Cómo responder a la crisis?
El film insinúa las primeras respuestas dadas por el mismo sistema: son las respuestas técnicas y científicas. La respuesta del ingeniero constructor, por ejemplo, es silogística: si más de la mitad de los compartimentos de flotación no se inundan, la embarcación sigue flotando. La mitad de los compartimientos se está inundando. Por lo tanto, la embarcación se hundirá (necesariamente). La respuesta del capitán es análoga a la de los políticos profesionales: Primero, la promesa esperanzadora que alivia la angustia inmediata: “los pasajeros pueden salvarse en los botes salvavidas a la espera de otras embarcaciones de ayuda”. Pero los hechos disuelven las ilusiones originales: no hay recursos; no existen embarcaciones en las cercanías y los botes salvavidas son insuficientes. La falta de recursos, conduce a una segunda respuesta, que apela a los principios establecidos por el sistema. Si no pueden salvarse todos, han de salvarse de acuerdo a las jerarquías y funciones. Primero las mujeres y los niños de la clase alta, después los varones de la clase alta, y así sucesivamente, hasta donde alcancen los botes. Por supuesto, los botes alcanzan sólo hasta allí: aunque haya más capacidad en lo cuantitativo, no la hay en lo cualitativo. El resto deberá hundirse con el barco y su capitán.
Después se plantea la respuesta del poder como dominación: las mujeres de la aristocracia hacen valer su diferencia jerárquica, y reclaman los lugares por los que han pagado (ya sea que los usen o no). El argumento implícito podría enunciarse así: “La propiedad me pertenece y hago lo que quiero con lo que me pertenece”: aunque no pueda gozarlo debo impedir que otro lo use si no es suyo. Algunos apelan al dinero para comprar su lugar o al prestigio o a la fuerza y a la amenaza.
Los obreros y sus familias son encerrados en las cubiertas inferiores. Ni siquiera tienen derecho a la esperanza, a tratar de nadar hasta ser (si acaso) rescatados, sólo tienen derecho a morir. Digo mal: puesto que los derechos son libertades y dado que no son libres, tienen el deber de morir. Tampoco tienen derecho a reclamar o a hacer uso de la fuerza para salvarse o salvar a otros. Sólo hay una fuerza legítima.
Ya me he excedido demasiado en mi presentación, así que quiero extraer algunas enseñanzas que se desprenden de la película: 1) La primera y más terrible es que la crisis se devora a todos (o a casi todos) y los intentos por retrotraer la situación a un estado previo, fracasan. 2) Los que alcanzan cierto éxito, lo hacen en defensa de sus privilegios y a costa de los derechos de los demás. 3) El director parece indicar que sólo el amor puede afrontar la crisis. Sin embargo, el abismo se traga a uno de los amantes y la heroína rebelde rehace su vida pero no logra salvar a su pareja. 4) Hay sólo dos imágenes (en alguna medida coincidentes) que nos permiten pensar de otro modo (y está claro que la crisis no se puede pensar como pensamos la “normalidad”). En una de esas imágenes un aristócrata británico pide que le sirvan un coñac en la sala y se dispone a disfrutarlo tranquilamente mientras el Caos devora a todos. Interpreto estas imágenes no como una expresión de indiferencia ante el sufrimiento y el dolor ajeno, ni como un estado de inconciencia de la situación, sino como una cierta sabiduría del que conoce perfectamente sus capacidades y sus límites y se apresta a vivirlos en la plenitud de lo posible. Ser conciente de sus condiciones y límites es lo antes llamamos “crítica” (en sentido filosófico). En esto consiste la “dignidad” de la sabiduría clásica: conocer los propios límites, saber que hay algo que no se conoce y que no se puede conocer. 5) La otra imagen nos ofrece la salida del arte: hay una orquesta contratada para entretener las fiestas de la clase alta. La crisis (la inminencia del hundimiento) atemoriza a los músicos que se desbandan e instintivamente huyen. Pero algunos de ellos, reconocen que están frente a una oportunidad única: llevar la interpretación hasta su más alta expresión; ya no tocar para los otros que son incapaces de “escuchar la música”, sino tocar para ellos mismos. El arte responde a la crisis creando perfección. 6) Sin embargo, tampoco estas respuestas son satisfactorias y en el fondo no hacen sino rescatar lo mejor del viejo sistema roto y fragmentado. La película no muestra una respuesta “nueva” a la crisis y más bien nos recuerda que nuestras ciencias y técnicas no saben cómo pensarla. Nos anticipa el fracaso de los saberes actuales y concluye que los científicos y los técnicos no están preparados para encarar la tarea que se les ha asignado. 7) Creo que la globalización nos exige trascender las perspectivas encerradas en el ámbito local (en esto coincido con el Dr. Sidicaro, creo que los estados nacionales están poco preparados para enfrentar el mundo actual, incluso diría que muchas empresas multinacionales están mejor preparadas para esta tarea), pero también creo que la globalización requiere ir más allá de las explicaciones unicausales, de las teorías que suponen la continuidad, la homogeneidad y la estabilidad. Siguiendo esta línea de pensamiento, creo que hay que incentivar líneas de investigación que rescaten de la historia pasada las respuestas creativas que se fueron dando a los momentos de crisis, principalmente aquellos autores que han estudiado las transiciones, autores como Maquiavelo, Tocqueville, Marx, Nietzsche o Foucault; sin olvidar que los argentinos tenemos una fuente muy basta en nuestra corta historia y, para no ir mucho más lejos, en la historia del peronismo y en intelectuales como J. W. Cooke.

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